Tras muchos meses de arduos trabajos en los que he podido recopilar bastante de lo publicado sobre Ifni por insignes autores, especificados en la reseña biográfica, y un exhaustivo rastreo por la geografía patria recogiendo las impresiones y vivencias de tantos españoles que pasaron por IFNI, en los treinta y cinco años en que allí ondeó nuestra bandera, primero la tricolor republicana –1934 a 1936–, y después la rojigualda –1936 a 1969–. Posteriormente de esto, y rematados los diversos capítulos que conforman el presente libro, me vienen a la cabeza sensaciones de duda y/o desaliento. ¿Para quién o para qué he escrito tantos folios? ¿Alguien sabe qué era o como era IFNI?

La Historia trata sobre hechos y sucesos del pasado, acontecimientos que se pueden calificar de “muertos”, pero las páginas del África Occidental Española todavía tienen muchos de sus protagonistas vivos, precisamente aquellos de los que nos ocuparemos con mayor amplitud, los más humildes, los soldados que a la fuerza fueron llevados allí.

Todo empezó en 1.943 en plena II Guerra Mundial –con la División Azul en Rusia y el Ejército Nazi en la frontera pirenaica– cuando se realizó la primera leva de quintos, unos doscientos mozos aproximadamente, que fueron enviados a aquellos lejanos, inhóspitos y, prácticamente, incomunicados territorios. Su número fue incrementándose paulatinamente, hasta ser millares de jóvenes los que, año tras año, eran llevados a Ifni sin saber nada de la tierra que pisaban ni de los seres que la habitaban –ni llevaron nuestra cultura, ni regresaron con un mínimo de la de ellos–. Fueron ignorantes y volvieron sin tener, prácticamente, otras vivencias que las de su cuartel y de la unidad militar a la que constaban adscritos, y la de las trincheras en que estuvieron metidos a partir de 1.958.

A la ignorancia de todo lo concerniente a aquellas tierras y sus habitantes, costumbres y tradiciones, se unió el trato dispensado a los soldados, estabu­lados en acantonamientos y posiciones, sin apenas contacto con los nativos para los que eran unos ocupantes infieles, comedores de cerdo, a los que te­nían que aguantar, momentáneamente, por las ventajas económicas que ob­tenían de España.

Fueron soldados que volvieron tan ignaros como llegaron, de la que se pretendía provincia española –como Albacete, por ejemplo–. Iletrados llegaron y más ignorantes, si cabe, regresaron a sus hogares. Soldados que de los mandos de aquel ejército colonial solo obtuvieron el trato y la instrucción que la historiadora Nuria Sales, en su obra denominada “Sobre esclavos, reclutas y mercaderes de quintos” nos ilustraba:

“Se practica una enseñanza militar que tiende a convertir –al recluta– en autómata, que obedece ciegamente a reflejos repetidos, sometiéndole a constantes ejercicios sincronizados, minuciosos, castigando las más insignificante negligencias, con penalidades humillantes, impidiéndole con marchas, contramarchas, evoluciones y cadencias que el menor vacío de tiempo le permita pensar demasiado por su cuenta –...– resultando significativo que la rigidez en la exigencia del uniforme y el sincronismo del paso militar no hayan sido practicados antes de la segunda mitad del siglo XVII. Y el país que alcanzó celebridad por tales adelantos, admirado e imitado por los demás, es Prusia, donde la mayoría de los reclutas eran precisamente siervos”.